Manuel de Lacunza y Díaz, también conocido por su pseudónimo Juan Josafat Ben-Ezra (Santiago, 19 de julio de 1731-Imola, República Cisalpina, c. 18 de junio de 1801) fue un sacerdote y teólogo jesuita hispano que trabajó en una exégesis milenarista de las profecías de las Sagradas Escrituras. Fue el filósofo más conocido e influyente del Reino de Chile.Hanisch Espíndola, W. (1963). " En torno a la Filosofía en Chile"(1594-1810). Boletín de la Academia Chilena de la Historia, 30.

Biografía Nació el 19 de julio de 1731 en Santiago de Chile. Hijo único del español Carlos de Lacunza Ziaurris y de la chilena Josefa Díaz Durán, hija de Manuel Díaz Montero y Herrera y de Rafaela Durán de Salcedo y Rabaneda. Fue bautizado el 27 de agosto de 1731 en la parroquia de El Sagrario en Santiago de Chile. Su padre fue un acaudalado comerciante ocupado en el tráfico entre Chile y el Perú. Lacunza ingresó al Convictorio de San Francisco Javier (Convictorio Carolino luego de la expulsión de los jesuitas) y egresó con el título de Maestro de Filosofía. Interrumpió sus estudios universitarios en el Colegio Máximo en teología cuando ingresó a la Compañía de Jesús en 1747.Hanisch Espíndola, W. (1969). El padre Manuel Lacunza (1731-1801). Su hogar, su vida y la censura española. Historia, 8, pp. 157-234. A partir de entonces inició la primera etapa de su vida sacerdotal, marcada por la normalidad: ejerció como profesor de gramática (1755) en la Universidad Pontificia Colegio Máximo de San Miguel de Santiago -en la que residía- y ganó cierta discreta fama como orador de púlpito.

Retomaría sus estudios de Teología en 1750.

Debido a la expulsión de los jesuitas por orden del rey Carlos III de España, salió exiliado de Chile en 1767 y se estableció en la ciudad italiana de Imola, al igual que numerosos otros sacerdotes chilenos de la misma orden, como Miguel de Olivares y Juan Ignacio Molina. Su vida en el exilio se complicó debido a las prohibiciones de celebrar misa y administrar sacramentos que el papa Clemente XIV impuso a los jesuitas y a su situación económica: su familia chilena comenzó a empobrecerse, por lo que las remesas de dinero que le enviaban eran cada vez más escasas.

Tras cinco años de vivir en comunidad con los jesuitas, Lacunza se retiró a habitar a una casa ubicada en las afueras de la ciudad. Ahí se instaló en soledad, aparentemente con la única compañía de un misterioso personaje, al que llama en sus cartas «mi buen mulato». Algunos jesuitas chilenos, colegas suyos, lo describían como «un hombre cuyo retiro del mundo, parsimonia en su trato, abandono de su propia persona en las comodidades aun necesarias a la vida humana, y aplicación infatigable a los estudios, le conciliaban el respeto y admiración de todos».

En 1773, por medio de la breve apostólico Dominus ac Redemptor, el papa disolvió la Compañía. La medida convirtió a Lacunza en clérigo seglar por decreto. En este ostracismo total, el jesuita realizó el trabajo teológico de su vida, enmarcado en la corriente del milenarismo. Lo esbozó primero en un folleto, conocido como Anónimo Milenario, que llegó a circular en América del Sur. Este texto, de 22 páginas apenas, dio pie a acalorados debates teológicos públicos, sobre todo en Buenos Aires, tras los cuales sus opositores lo denunciaron, obteniendo una prohibición del texto por parte de la Inquisición. En 1790 culminó los tres tomos de su obra Venida del Mesías en gloria y magestad [sic]. A partir de entonces, y hasta su muerte, realizó infructuosos esfuerzos, como remitir oficios a la Corona española, para conseguir autorización y apoyo para llevar su obra a la imprenta.

No se tiene certeza exacta acerca de la fecha de su muerte pues su cadáver fue encontrado en un foso, en una calle apartada de Imola. Entonces se supuso que había muerto por causas naturales, mientras realizaba uno de sus habituales paseos solitarios.

Destino de su obra miniaturadeimagen|Página titular de Venida del Mesías en gloria y magestad, Cádiz, 1812 En 1812, a despecho de las prohibiciones anteriores, Venida del Mesías en gloria y magestad fue publicada póstumamente en Cádiz bajo el pseudónimo judío de Juan Josafat Ben-Ezra. En Londres se realizó otra edición en castellano en 1816, la cual fue financiada por el general argentino Manuel Belgrano. El libro fue denunciado aquel mismo año ante tribunales españoles y la Sagrada Congregación del Índice, siendo incluido en Index Librorum Prohibitorum de la Inquisición el 15 de enero de 1819.

Es interesante consignar que los enemigos de la obra expresaron su especial preocupación por el encanto que las ideas de Lacunza ejercían entre el clero.Manuel Lacunza (1731-1801). Censura eclesiástica, Memoria Chilena, s/f; acceso 24.07.2013 Esta atracción fue denunciada, por ejemplo, en una obra publicada en Madrid en 1824, subtitulada Observaciones para precaverlo (al público) de la seducción que pudiera ocasionarle la obra.Juan Buena Ventura Bestard. Observaciones que Fr. Juan Buenaventura Bestard... presenta al público, para precaverle de la seducción que pudiera ocasionarle la obra intitulada 'La venida del Mesías en gloria y magestad' de Juan Josaphat Benezra, dos volúmenes, ambos descargables desde el portal Memoria Chilena: tomo 1 y tomo 2

Una traducción al inglés fue publicada en 1827 por Edward Irving, el precursor de la británica Iglesia Católica Apostólica, bajo el título de The Coming of the Messiah. Para Irving la lectura de la obra había alcanzado la categoría de revelación. De hecho, aquel sacerdote estudió profundamente el castellano con el único fin de traducir a Lacunza. Al respecto, el predicador Josiah Litch, escribió: "Ese libro (de Lacunza) cayó en las manos de Irving. Los ojos de ese célebre y elocuente predicador se abrieron ante la gloriosa verdad del advenimiento premilenial de Cristo de la cual se volvió ardoroso partidario. Comenzó traduciendo a Ben Ezra y luego escribió numerosas obras en Inglaterra acerca del mismo asunto". Félix Alfredo Vaucher, Lacunza, un heraldo de la segunda venida de Cristo. (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1970), p. 60.

Por lo mismo, no es extraño que el libro fuera transformándose en una de las mayores influencias del gran desarrollo del milenarismo ocurrido en el . Aunque la noción escatológica de un paraíso en la tierra ya estaba presente en los movimientos anabaptistas, las tesis de Lacunza —y sus seguidores en el mundo anglosajón— fueron también fuente de inspiración para el millerismo estadounidense a través del predicador William Miller, quien se interesó en la interpretación bíblica y también tradujo la obra de Lacunza.Kai Arasola. The end of historicism: Millerite hermeneutic of time prophecies in the Old Testament. University of Uppsala, Faculty of Theology, 1990, p. 44. A su vez, indirectamente a través del milerismo, Lacunza influyó en los actuales herederos espirituales del movimiento: los Adventistas del Séptimo Día,Miguel Rojas-Mix. El fin del milenio y el sentido de la historia: Lacunza y Molina. Lom Ediciones, Stgo. de Chile, 2001, p. 65. ciertos sectores de la Iglesia bautista, y los Testigos de Jehová, siendo un eslabón de una misma cadena de interpretación bíblica. De hecho un extracto manuscrito de La venida del Mesías en gloria y majestad, firmado por Juan Josafat Ben-Ezra y datado en 1820, es guardado como uno de los principales tesoros bibliográficos de la biblioteca de la Universidad Adventista de Chile.Sergio Olivares. Manuel Lacunza: La Conexión Adventista . Diálogo Universitario, 1994, 6 (1), 12-15.

En abril de 1940 el arzobispo de Santiago, cardenal José María Caro, realizó consultas a la Santa Sede, a la Congregación del Santo Oficio, sobre la enseñanza "mitigada" del milenarismo de Lacunza en algunos círculos católicos chilenos, a las que esta respondió el 11 de junio de 1941: remitiéndose a la prohibición de 1824, señaló que el milenarismo, incluso mitigado, no podía ser enseñado sin peligro.Charles E. O'Neill. Diccionario histórico de la Compañía de Jesús: biográfico-temático. Univ Pontifica de Comillas, 2001, p. 2256. Por lo que se le ordenó a Caro "vigilar que tal doctrina no sea enseñada con cualquier pretexto, ni propagada, defendida, recomendada, de viva voz o por escrito". Isaac J. Pardo. Fuegos bajo el agua: la invención de utopía. Fundación Biblioteca Ayacuch, 1990. p.451 (nota al pie).

Ideas de Lacunza

El jesuita creía haber encontrado durante su exilio algunos «descubrimientos nuevos, verdaderos, sólidos, innegables, y de grandísima importancia» para la Teología.

Hay dos concepciones fundamentales en la teología de Lacunza; en primer lugar, el rechazo a la idea del «fin del mundo» como un momento de aniquilación o destrucción de lo creado. Lacunza niega que «el mundo, esto es, los cuerpos materiales, o globos celestes que Dios ha creado (entre los cuales uno es el nuestro en que habitamos) haya de tener fin, o volver al caos, o nada, de donde salió [...] esta idea no la hallo en la Escritura, antes hallo repetidas veces la idea contraria, y en esto convienen los mejores intérpretes».Lacunza M. La Venida del Mesías en Gloria y Majestad (4 Tomos), Ed. C. Wood, Londres, 1816, III, p. 394. En segundo lugar, establece que las expresiones bíblicas; «fin del siglo presente» y «fin del mundo» se refieren a dos momentos diferentes. Lacunza entiende el «fin del siglo presente» o «Día del Señor» como el final de una etapa de la historia humana, clausurada por la venida de Cristo y el inicio de su reino en la Tierra, acompañada por el consiguiente juicio divino a los vivos; este momento estaría también marcado por la conversión del pueblo judío. A partir de entonces habría de instaurarse una nueva sociedad, marcada por un reino de mil años de justicia y paz.

Lacunza entendía que, a partir de las profecías bíblicas, se podía esperar, para el periodo previo a este «Día del Señor», una apostasía generalizada de la Iglesia católica; por lo mismo la Iglesia pasaría a formar parte del Anticristo, comprendido este no como un individuo, sino como «cuerpo moral» integrado por todos los apóstatas y ateos de la Tierra. Este punto de su teología era especialmente polémico al prever que la Iglesia oficial se pondría del lado equivocado en el último combate entre el bien y el mal, lo que, en definitiva, le valió la condena eclesiástica de su obra.

Por «fin del mundo» entendía la resurrección de los muertos y el Juicio Final, comprendido como una transmutación del mundo físico al plano de lo eterno; este suceso debía ocurrir, según él, después de los mil años de reino terrenal de Cristo.Parra C., Fredy (2000). El fin del mundo según Lacunza. En: Teología y vida, volumen 41, N° 1, Santiago de Chile. versión impresa ISSN 0049-3449, versión On-line ISSN 0717-6295

Cronista del exilio y la persecución