Iván Tovar (San Francisco de Macorís, 28 de marzo de 1942- Santo Domingo, 13 de abril de 2020) fue un pintor dominicano considerado como el máximo representante del surrealismo en República Dominicana, Centroamérica y el Caribe. Es el artista visual dominicano de mayor cotización a nivel internacional de todos los tiempos. alt=File:Fotografia de Ivàn Tovar.jpg|borde|miniaturadeimagen|Fotografía de Ivàn Tovar
Biografía Nació en el municipio de San Francisco de Macorís en la parte norcentral de la República Dominicana el 28 de marzo de 1942 en el seno de una familia de clase media. Desde temprana edad mostró inclinación hacia las artes visuales, especialmente la pintura. Se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Santo Domingo en 1959. Poco tiempo después en el 1963 emigró a París, Francia tras haber conseguido una beca gracias a la Alianza Francesa de Santo Domingo, y luego de perfeccionar sus estudios en ese país, vivió allí más de una década.
Retornó a su país natal en la década de los años 80 del , y murió en la ciudad de Santo Domingo en abril del 2020 a la edad de 78 años aquejado de distintos problemas de salud. Poco tiempo después la prestiogiosa casa de subastas Sothebys subastó la obra "La Menance" de 1974 alcanzando un máximo histórico de US$250,000.
Primeros Años Nació el 28 de marzo de 1942, a las 5:00 a. m. según los registros oficiales, aunque en su poema biográfico menciona las 5:30 a. m. Este detalle, más allá de precisar el momento exacto, refleja su inclinación por jugar con el tiempo. Su infancia temprana transcurrió en San Francisco de Macorís, su ciudad natal, trasladándose luego con su familia a Santo Domingo.
Es importante tener en cuenta que Iván Tovar creció al cuidado de su madre, ya que su progenitor falleció poco después de su concepción. Su padre, José Francisco Tovar, era de ascendencia española, mientras que su madre, Francisca Ynoa (doña Fella), era hija natural de Juan Llabaly, un palestino de Nazaret dedicado a la producción de cacao en San Francisco de Macorís.
Doña Fella enviudó muy joven, quedando desamparada con sus tres primeros hijos: Francisco, Franklin y el pequeño Iván. El padre de sus vástagos desapareció camino Haití. Este hecho ha quedado poco refrendado, pero lo cierto es que marcó la vida de Iván Tovar, persiguiéndole como una sombra tormentosa hasta el final de sus días.
El arte se convirtió en el epicentro de la vida de Tovar y su consecuente deseo por formarse en este campo, lo motivaron a permanecer en la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), al tiempo de asistir a la academia, a los 15 años -empezó- a trabajar en una fábrica de cerámica. Ahí decoraba platos, tazas y cosas.
En 1959, alcanzó el segundo premio de pintura por su óleo sobre lienzo “Negritas en el balcón”, además de recibir una mención de honor por su obra “Lluvia” realizada en cemento borde|centro|miniaturadeimagen|295x295px|Óleo sobre lienzo, S/m. Curso ENBA 1958/1959 centro|miniaturadeimagen|Lluvia, 1959 escultura en cemento vaciado, 39 x 36 x 18 cm Colección Ivan García Curso ENBA 1958 1959 Revisar la etapa académica de Tovar, deja claro que no siempre fue surrealista; ensayó con varios modelos representacionales, asumiendo con el tiempo diversos estilos. En un momento fue, tal vez, el más figurativo de su generación, lo que se aprecia en la obra Composición (1960). Sin embargo, al constatar su vitalidad para construir un universo paralelo y desenfadado, se puede confirmar que fue creando un espacio sin límites, determinado por las emociones y el pragmatismo estético del drama humano respecto a la existencia. alt=File:Composición, Óleo sobre lienzo, 92 x 141 cm., 1960,.jpg|centro|miniaturadeimagen|Composición, Óleo sobre lienzo, 92 x 141 cm., 1960, Iván mostró una inclinación natural por los tonos tierras que se mantuvo presente en su paleta con algunas variaciones. Estas tonalidades que abarcan desde el amarillo pálido hasta el marrón rojizo, poseen una calidez y una naturalidad que aportan a las piezas una dimensión simbólica y emocional, invitando al espectador a una reflexión introspectiva. En sus obras hay fragmentos figurativos que aluden a la sexualidad, delineando más de una vez los pechos femeninos. Y es que sus líneas curvas, punzantes y definidas, presentan universos bestiales cargados de mito y fascinación.
París Para comprender la dimensión de este creador, debemos seguir su línea de tiempo, sin perder de vista que la década de 1960 fue clave en el posicionamiento de su carrera artística y la definición de su estilo. Sobre todo, luego de fijar domicilio en París en 1963, a través de un crédito educativo.
En su constante búsqueda de nuevas influencias y perspectiva, quedó hechizado al contemplar La jungla (1943) del reconocido artista cubano Wifredo Lam (1902-1982). Esta obra maestra, con su mezcla de surrealismo y afrocubanismo, no solo capturó la imaginación de Tovar, sino que también resonó profundamente con su propio enfoque en la integración de elementos oníricos y culturales en el arte. La conexión entre Tovar y Lam se fortaleció cuando, tiempo después, ambos artistas se conocieron en París. Este encuentro fue propiciado por la estrecha relación de Tovar con el escultor cubano Agustín Cárdenas (1927-2001), otra figura destacada del arte moderno. La interacción con estos influyentes creadores no solo enriqueció su visión artística, sino que también consolidó su lugar dentro del movimiento surrealista internacional.
De la obsesión de Tovar por La jungla, se desprende un conjunto de obras donde el artista repasará insistentemente fondo y figura, desarrollando una influencia muy marcada con relación a la producción de Wifredo Lam que, al mismo tiempo, encuentra un símil en las obras de Hernández Ortega y Gausachs. De esta etapa, se conservan registros de la pieza “Antillas” (1963), presentada en la III Bienal de París. Se trata de una composición sugerente donde Tovar ensaya con figuras antropomorfas dando mayor relevancia al dibujo y relegando el fondo a las figuras para ofrecer “una interesante visión del mundo de los trópicos”. Digamos que es una alegoría a ese Caribe idealizado visto desde París.
Una vez en París, Iván Tovar experimentó una amalgama de influencias. Enfrentar la ciudad suponía un desafío, pero la promesa de desvelar nuevas facetas de la existencia a través de su vasta cultura lo motivaba. En medio de ese torbellino, se encontró con la obra de Johannes Vermeer, cuyos lienzos saturados de luz y color lo cautivó profundamente, marcando así un hito significativo en su exploración artística.
Este asomo fortuito con Vermeer, se complementó con su viaje a Grecia en 1965, permaneciendo por espacio de tres meses en Corfú donde pintó varios cuadros. En esta etapa empezó a explorar en la escala de grises influenciado por la obra del artista italiano Giorgio Morandi (1890-1964). A partir de entonces, pintó cuadros monocromos experimentando con los grises que es donde se encuentra el equilibrio de los tonos que luego se van agregando hasta crear la gama que emocionalmente define cada obra.
El jurado de selección estuvo integrado por Rafael Squirru, crítico de arte argentino y director del Departamento de Asuntos Culturales de la Unión Panamericana, también formó parte José Luis Cuevas, afamado escritor y artista mexicano, así como el periodista dominicano Pedro René Contín Aybar, quien además fungió como organizador del evento. Actualmente, la obra “El tercer escalón” es parte de la colección del Centro Cultural Eduardo León Jimenes en Santiago de los Caballeros.
La obra de referencia revela la inclinación de Tovar hacia la técnica de la tinta china, conocida por su exigencia y precisión, ya que requiere un dominio completo del trazo y una atención meticulosa a los detalles. Una vez más demostró su destreza al trabajar con esta técnica, utilizando sutiles variaciones de tono y línea para crear composiciones visualmente impactantes.
Además, el hecho de que haya utilizado el puntillismo en otras obras basadas en su trabajo en tinta china es un testimonio de su versatilidad como artista.
De hecho, fue el influjo desplegado por sus formas sinuosas, correctamente trazadas y coloridas sobre fondo oscuro, lo que impresionó al crítico de arte francés José Pierre (1927-1999), quien escribió para el catálogo de la primera muestra individual de Tovar en París, celebrada en la Galería 3 + 2 en 1969.
La totalidad de las piezas que integraron la exposición en la Galería 3 + 2 de París fueron vendidas con excepción de una: La chaise adulte (1969). Tovar quiso conservar la pieza, la cual deviene un monumento al propio movimiento surrealista. El rol de la silla en tanto objeto en la pintura, pasó a ser un símbolo cargado de significado. Desde los primeros días del movimiento, las sillas han sido utilizadas como elementos recurrentes en las obras de artistas como Salvador Dalí, René Magritte, Max Ernst, Wifredo Lam, entre otros. Estos artistas exploraron el potencial simbólico de las sillas para representar la psique humana, la dualidad de la realidad y el inconsciente, y la transformación de objetos cotidianos en imágenes de extrañeza y misterio.
Tras el éxito de su primera muestra individual en París, en 1970, Tovar fue invitado para participar en un proyecto itinerante en Suecia titulado: Surrealism?. En este evento, compartió escenario con reconocidos artistas surrealistas de la época, incluyendo a Jean Claude Silbermann (1935), Hervé Telemaque (1937-2022), Theo Gerber (1928-1997) y Ragnar von Holten (1934-2009). Las obras de este colectivo fueron presentadas en el Moderna Museet de Estocolmo, en el Konsthall Göteborg y en el Moderna Museet Malmö de Suecia Galeria.
Esta colaboración resultó significativa no solo por la oportunidad de exhibir junto a figuras prominentes del surrealismo contemporáneo, sino también porque marcó un punto de inflexión en la carrera de Tovar. A partir de esta exposición itinerante comenzó a ser considerado como un surrealista. Este reconocimiento no solo le otorgó una identidad dentro del propio movimiento, validando su estilo y su contribución a la evolución del surrealismo en la escena internacional.
La inclusión de Iván Tovar en enciclopedias sobre el surrealismo valida su importancia como artista y lo sitúa dentro de un contexto histórico y artístico más amplio. Es referido en el "Dictionnaire général du surréalisme et de ses environs" editado por Adam Biro y René Passeron (1982), así como en el "Dictionnaire des peintres, sculpteurs, dessinateurs et graveurs" de Bénézit (1976). También aparece en libros como "The Imagery of Surrealism" de J. H. Matthews (1977), y "Surrealism: Two Private Eyes. The Nesuhi Ertegun and Daniel Filipacchi Collections" editado por Timothy Baum y otros (1999).
Estas enciclopedias ofrecen un reconocimiento a su obra y su influencia en el desarrollo y la evolución del surrealismo como movimiento artístico. Además, proporcionan una plataforma para que académicos y críticos de arte profundicen en su trabajo y lo estudien en el contexto de otros artistas y tendencias surrealistas, lo que contribuye a la preservación de su legado y su lugar en la historia del arte.
En 1971 la Galería Veranneman de Bruselas presentó un conjunto de obras del artista, acompañadas de las reflexiones de José Pierre, iniciando así un largo camino de acompañamiento a su labor creadora.