miniatura|Localización de las Reales Fábricas de Artillería de Liérganes y La Cavada. La franja azul muestra el valle del río Miera, de especial importancia para el desarrollo de la actividad en las dos instalaciones Se conoce por Real Fábrica de Artillería de La Cavada a unas importantes instalaciones fabriles y mineras, cuyos altos hornos estuvieron situados en las poblaciones próximas de Liérganes y La Cavada, en los municipios de Liérganes y Riotuerto, en Cantabria (España). Fue la primera siderurgia e industria armamentística del país y produjo durante más de dos siglos, entre 1622 y 1835, elementos de artillería y munición de hierro destinados a la defensa del Imperio español y a garantizar su dominio de los mares.

El desarrollo de la artillería en el y su eficacia en los campos de batalla europeos propició una revolución tecnológica y una carrera armamentística de las potencias continentales. A partir de finales del y a medida que más estancado se mostraba el combate terrestre, más se esforzaban las principales potencias en buscar la determinación mediante la fuerza naval y el perfeccionamiento de sus técnicas militares. Es en este periodo cuando surgen las primeras flotas de guerra nacionales capaces de prolongar el conflicto a gran distancia de la metrópoli. En los siglos sucesivos quedaría bien patente que aquellas naciones que no pudieran abastecerse de miles de cañones para artillar sus barcosSeñala José Alcalá-Zamora que en aquellos momentos y hasta las Guerras Napoleónicas un solo buque de batalla llevaba más y mayores cañones que todo un ejército y aún llegados a ese periodo bélico el peso de la artillería de un ejército de cien mil hombres no sobrepasaba al de un navío de línea de tres puentes. se verían relegadas de las principales rutas comerciales marítimas, dejando el protagonismo en el dominio de los océanos, nuevo escenario principal de confrontación, a otros países.

España no fue ajena a este cambio estratégico en el escenario bélico mundial y a los nuevos modelos de hacer la guerra.El historiador e hispanista británico Geoffrey Parker señala en su libro La revolución militar que «a partir del decenio de 1650, apenas hubo guerra alguna en Europa que no se desbordase hacia una lucha por el dominio de los mares y, aún más allá, hacia una contienda por el poder y la influencia en ultramar. También allí descolló el triunfo de la "revolución militar"».Los barcos europeos, y en especial los españoles, inicialmente utilizaban la táctica militar consistente en batir al enemigo a corta distancia para pasar a continuación al abordaje, la denominada guerra a la española. El cambio en la guerra naval consistió en utilizar la artillería para hundir a distancia a los buques enemigos, táctica esta llamada sarcásticamente por los marineros españoles como guerra galana. En el centro de la revolución militar marina estaba la artillería, el cañón, que permitió la expansión militar europea por todo el mundo conocido. La creación de flotas armadas que protegiesen las rutas comerciales marítimas requirió el cambio de producción de las ferrerías y el forjado de los caros cañones de bronce al moldeado de los más modernos cañones de hierro colado. Ello supuso una revolución industrial debido al uso de nuevas técnicas de fundición.La armada fue la gran beneficiada de este cambio, dado que para ella fueron el mayor número de piezas, mientras que el ejército, con menos requerimientos de cañones, podía seguir adquiriendo los caros y ligeros cañones de bronce. La apremiante necesidad de artillería al servicio de unas políticas que fomentaban los conflictos y las guerras continuas obligó a dar respuesta mediante un sistema de producción autárquico. La Real Fábrica llegó a producir unos 26.000 cañones, con años de producción de hasta mil cañones con destino a la marina y al ejército. Un sistema basado en la construcción de plantas industriales en el propio territorio capaces de satisfacer las necesidades de material bélico del país sin recurrir a operaciones de diplomacia secreta y comercio no manifiesto que pudiesen provocar caer en la órbita política de la potencia suministradora. Esta política fue común a la mayoría de las potencias europeas en mayor o menor medida.

La puesta en funcionamiento de estos centros de producción al abrigo de políticas mercantilistas, con la creación de Manufacturas Reales para la fabricación de bienes considerados estratégicos por los gobiernos, requerían un gran volumen de capital especialmente si se trataba de la producción de piezas de gran tamaño.El peso medio de cada cañón oscilaba entre una y tres toneladas. Se necesitaban unas importantes instalacionesSiguiendo a Alcalá-Zamora, los iniciales ingenios de Liérganes ocupaban una extensión de 7700 m². La fábrica de La Cavada tenía una superficie de 44 500 m² a los que hay que sumar los situados en el sitio de Valdelazón con 8800 m² más, donde se realizaban labores de barrenado y pruebas de tiro. para albergar altos hornos de gran capacidad con unas condiciones geográficas particulares donde asentarse y mano de obra muy cualificada. Estas condiciones no eran fáciles de reunir en la Europa del y buena prueba de ello fueron las tentativas fallidas que se dieron en España y en sus territorios de ultramar de instalar fundiciones similares.

Actualmente, existen numerosos restos del conjunto de instalaciones y factorías que llegaron a formar la Real Fábrica de Artillería en las localidades de Liérganes, La Cavada y en la ría de Tijero, pero únicamente el conjunto histórico del Real Sitio de La Cavada está declarado bien de interés cultural.En el ordenamiento político del Antiguo Régimen, la categoría de «Real Sitio» constituía una figura jurídico-administrativa que amparaba aquellos territorios bajo dominio o tutela directa de la Corona, en razón de albergar infraestructuras o actividades de interés estratégico para la Monarquía, ya fuesen residenciales, navales o industriales. En el ámbito de La Cavada, la implantación de este complejo fabril y de sus terrenos colindantes determinó la configuración de un espacio dotado de fuero propio, sujeto a una jurisdicción especial y a un conjunto de prerrogativas que lo vinculaban de forma exclusiva a la autoridad real, sustrayéndolo así del régimen jurídico ordinario.

Historia de las fábricas miniatura|Retrato de Curtius

Primeros intentos

A principios del la escasez de artillería era tal en los ejércitos reales que la Junta de Fábricas de Navíos elevó a Felipe III una angustiosa consulta por la que se decidió hacer venir de FlandesEn la Edad Media, el topónimo Flandes designaba únicamente al condado homónimo, fundado en el siglo X. Posteriormente, especialmente durante la época de los Países Bajos españoles, pasó a referirse a un territorio mucho más amplio, que abarcaba gran parte del actual Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) y zonas limítrofes de Francia y Alemania. fundidores de hierro para establecerse en Vizcaya, Guipúzcoa o «Las Montañas». En el año 1602 el embajador Baltasar de Zúñiga fue comisionado para la búsqueda de los fundidores, poniéndose este en relación con Jean Curtius, hombre de gran prestigio entre los industriales, poseedor de una gran fortuna y que habitaba la Maison Curtius (hoy Museo Arqueológico de Lieja).

La intervención del empresario propició la contratación de dos casas de fundición en hierro. Pero al llegar a Vizcaya encontraron tales dificultades para su implantación por parte del Señorío, que siempre vio con recelo la intromisión de la Real Hacienda en el beneficio y laboreo de sus riquísimos veneros de hierro y de la competencia que el nuevo método siderúrgico pudiera ocasionar a sus instalaciones tradicionales, que regresaron a Flandes en septiembre de 1603 indemnizados con 16 000 florines.

Los inicios

Enterado Curtius de este fracaso y entendiendo que la empresa era de brillantes posibilidades, se ofreció él mismo a implantar su fabricación trayendo a su costa la mano de obra necesaria.

En cuanto conoció la decisión del Consejo de Estado por la que se le autorizaba a llevar a cabo tal empresa, se trasladó a España con el fin de reconocer los territorios del norte en busca del lugar más adecuado para su propósito, decidiéndose por la localidad de Liérganes ya que el encajonado río Miera, de curso más caudaloso y regular que el de hoy en día, se prestaba para obtener la energía necesaria. Además el lugar era idóneo porque estaba rodeado de extensos y frondosos bosques, en sus proximidades se descubrieron las minas de hierro de los montes Montecillo y Vizmaya, y porque al ser una comarca empobrecida la mano de obra auxiliar sería abundante y barata.

En un principio, a partir de 1616, Curtius aprovechó la sobre el río Miera y empezó la búsqueda de canteras, pruebas de carbón, ensayos de fundición y la construcción de las fraguas, hornos, carboneras y muros exteriores del complejo fabril de Liérganes, cuyo coste le supuso la elevada suma de 10 000 ducados.

Para su trabajo se trajeron de Flandes numerosos oficiales fundidores. La localización de la fundición respondía a criterios de aprovisionamiento de materia prima en los bosques cercanos, a priori inagotables, el caudal abundante y regular del encajado río Miera durante seis a ocho meses al año (diferente al de la actualidad y en su mayor parte modificado por la propia actividad de deforestación de las fábricas en los montes de la cabecera del valle del Miera), la existencia de canteras cercanas de piedra refractaria, arenas y arcillas para los moldes, las cercanas salidas de los productos a los astilleros de Guarnizo y el puerto de Santander en el mar Cantábrico y la proximidad a minas de hierro,Se abastecía principalmente de las minas de hierro existentes en Peña Cabarga, el monte Vizmaya de Entrambasaguas y Valle de Somorrostro. canteras y tierras de arena y barro, así como la abundante mano de obra. Desde el inicio de la actividad, las fábricas de Liérganes y La Cavada llevaban seis tipos de clientelas principales para su producción militar: la marina de guerra española, el ejército, las fortalezas en plazas peninsulares y de ultramar, los armadores de la marina mercante y de corso y las exportaciones a otros países, siempre que estos no fueran «infieles ni a otro ningún enemigo de la Corona, sino a amigos y confederados de ella, prefiriendo siempre amigos, vasallos y súbditos fieles».Asiento de 9 de julio de 1622 referenciado por José Alcalá-Zamora

En 1618 se contrató la construcción de dos altos hornos de tipo valón llamados San Francisco y Santo Domingo.Estos dos primeros altos hornos supusieron un importante cambio en la tecnología de fundición de metales en España, ya que introdujeron en el reino un sistema de fundición mucho más sofisticado que el de las ferrerías que se aplicaba hasta entonces. Cronológicamente la construcción de hornos altos en España sería Liérganes (1620) La Cavada (1635), Sargadelos (1794), Trubia (1797), Marbella (1822), Sabero (1845). Estos hornos eran «moles inmensas de cantería a modo de pirámide cuadrangular truncada». Sus calderas medían 6,30 metros de alto más 11 metros de foso.

miniatura|izquierda|Ruinas del alto horno de Santa Teresa a finales del . El método de fundición utilizado era a la valona, que consistía en hacer arrabio en los altos hornos para luego refinarlo en una forja fina. Actualmente no existe vestigio alguno de estos hornos, cuya cantería fue reaprovechada para la construcción de edificios tras el cierre de la fábrica