La poliorcética, o arte del asedio —de la conquista (y por extensión, de la defensa) de las plazas fuertes—, se originó durante la Antigua Grecia. Este tipo de asedios se originaron a partir del momento en el que se sobrepasó el estadio del mero sitio mediante un desarrollo excepcional de las técnicas militares, que apenas fueron llevadas más allá durante la Edad Media, hasta la invención de las armas de fuego. La importancia de las técnicas de asedio se debió al aumento del papel estratégico de la ciudad en detrimento del territorio en la defensa global de la polis.
Los orígenes thumb|250px|Muralla de Micenas desde la Puerta de los Leones. Dejando aparte la tablilla de Micenas, en la que se ven honderos, arqueros y lanzadores de piedras librar una batalla bajo los muros de una ciudad, la descripción de Homero del asalto lanzado en carro por los troyanos contra el campamento fortificado de los aqueos, y la anécdota del Caballo de Troya, nada hay, excepto las fortificaciones descubiertas por los arqueólogos, que nos informe sobre la evolución de la poliorcética griega antes de finales de la Época Arcaica.
Desde el Neolítico, las preocupaciones defensivas presiden la organización del plano urbano. Más que mediante la construcción de recintos fortificados, de extensión y tamaño muy limitados, se puede observar la adaptación de la propia arquitectura civil para fines militares: las calles son estrechas y tortuosas, mientras que los muros de las casas, sobre todo en los límites de las aglomeraciones, se refuerzan en ocasiones para servir de murallas. Este sistema de protección, a pesar de su apariencia rudimentaria, es de una gran eficacia y permite sacar el mejor partido, con los menores esfuerzos, de los accidentes del terreno. En el todavía será recomendado por Platón, en Leyes, que se preocupa por no separar topográficamente del marco ordinario de la vida privada el dispositivo de defensa colectiva, para incrementar así la combatividad de los ciudadanos.
La autonomía estructural y el poderío arquitectónico de los recintos amurallados tendieron, no obstante, a reforzarse en el trascurso del primer milenio a. C., dado el progreso de las técnicas de construcción, el enriquecimiento de las comunidades y la concentración de recursos sociales en manos de las aristocracias palaciegas (puede que también por influencia de los hititas, que por esas fechas ya se habían forjado una reputación de expertos en fortificaciones).
Fue entre mediados del y finales del cuando las acrópolis micénicas, a la sazón residencias reales, se rodearon de imponentes murallas de bloques ciclópeos, más o menos bien labrados y colocados sin mortero. Su anchura variaba entre los 4 y los 17 m, y su altura entre los 4 y los 9 m. Su trazado se verá determinado generalmente por la orografía, pero en ocasiones también se dividía en cortas secciones rectilíneas separadas por pequeñas descolgaduras, como en Gla, lugar situado en una isla del lago Copaide de Beocia. Las aberturas eran escasas: cuatro puertas en Gla, una puerta y una poterna en Micenas, Tirinto y Atenas, generalmente provistas de una rampa de acceso paralela a la muralla y flanqueada además por resaltos macizos que formaban un antepatio, como en Tirinto, o por torres, como en Micenas, Atenas y Gla. thumb|250px|Puerta Arcadia de Mesene. Las puertas eran, como es evidente, los únicos puntos débiles del perímetro fortificado; de ahí las excepcionales precauciones tomadas para obligar al asaltante a presentarse ante ellas en una posición desfavorable, por su lado izquierdo, que no estaba protegido por el escudo y expuesto a las armas de los defensores. Era más bien sitiándolas como se podía esperar apoderarse de esas fortalezas, en las que probablemente se refugiara la población del territorio; por ese motivo, los constructores tomaron a menudo la precaución de acondicionar galerías subterráneas que conducían a fuentes situadas al pie de la muralla.
No parece que antes del volviera a producirse ninguna modificación en el arte de las fortificaciones y en los procedimientos de asedio. Aquello que importa en los recintos urbanos, cuyo número se incrementó notablemente a partir de la época arcaica, era su valor estático, el aspecto pasivo de su poderío; formadas por una estructura de ladrillos secados al sol, cimentados por lo general sobre una base de piedras aparejadas, con escasas aberturas y dotadas de algunas torres cuadradas de flanqueo (sobre todo en las proximidades de las puertas), es evidente que no fueron concebidas para resistir un asalto en toda regla.
Los relatos de los historiadores demuestran de hecho que los sitios fueron, hasta la guerra del Peloponeso, el método de asedio más extendido y eficaz. Una vez construido un muro de contravalación de ladrillos sin cocer o de piedras puestas en seco, en ocasiones completado en dirección al exterior con otro de circunvalación, a los sitiadores no les quedaba más que mantener la guardia, recurrir a sus reservas y armarse de paciencia.Imagen de contravalación (en inglés) De este modo reconocían su incapacidad para forzar la entrada de la ciudad; una incapacidad que dejaba ver, sobre todo, su repugnancia a correr un riesgo semejante debido a que para ellos, lo esencial del conflicto era el control del territorio.
Durante la guerra del Peloponeso, los atenienses fueron los únicos que tuvieron los medios económicos y el valor político de sacrificar a sangre fría, como les había aconsejado Pericles, la defensa del territorio a la salvaguardia de la ciudad, ya que para ellos era el único medio de mantener su imperio, proveedor de tributos, que se encontraba amenazado por la superioridad terrestre de los espartanos. Pese a ello, su estrategia, por circunstancial y coyuntural que fuera y pese a su fracaso final, prefiguraba en cierta medida la nueva estrategia adoptada por la mayoría de las ciudades griegas a partir del siglo
El desarrollo y la práctica del asalto Esta nueva estrategia no le concedía importancia absoluta ni al territorio, como en la estrategia tradicional, ni a la ciudad, como en la estrategia de Pericles. Hacía un uso ponderado y gradual de uno y otra, con lo que intentaba diversificar las posibilidades de resistencia en torno al núcleo urbano, que en adelante se convirtió en el último reducto de defensa. Así, la conquista de la ciudad, generalmente depositaria de botines prometedores y tan necesarios para el final del conflicto, se convirtió en el objetivo principal de los agresores.
Esta tendencia se acentuó a comienzos de la época helenística. El desarrollo de la poliorcética griega data del momento en que —mientras el cuerpo cívico tendía a desgajarse del territorio y a identificarse con la ciudad— el problema de la defensa se presentó en términos puramente técnicos.
No obstante, esta evolución estratégica no hubiera trastornado hasta tal punto los procedimientos de asedio si la calidad de las tropas y la organización general del ejército no hubieran sufrido con la crisis de las polis.
Sin el desarrollo de las tropas ligeras, la práctica del asalto, que exigía unas disposiciones físicas y psicológicas por completo diferentes a las del asedio, hubiera tenido más problemas para imponerse. Hasta la aparición de Estados de naturaleza tiránica o monárquica, capaces de realizar un esfuerzo de guerra hasta entonces desconocido, no se pudo disponer de un parque de asedio lo bastante grande como para que un asedio fuera una empresa rentable. No fue una casualidad, ni el mero efecto de una causa concreta de carácter técnico, social o político, que la poliorcética griega alcanzara su apogeo en tiempos de Alejandro Magno y de los diádocos, durante el transcurso de los encarnizados conflictos que acompañaron al nacimiento de los imperios. Fue el resultado de una conjunción de fuerzas y apetitos nuevos, liberados por el estallido de la ciudad: la desaparición del soldado-ciudadano, el fracaso del modo de combate hoplítico y el desencadenamiento del poder convertido en absoluto, que se alimentaba a sí mismo y no se preocupaba más que de hacerse más grande.
Las tropas de asalto
La difusión de la práctica de los asaltos tendió, en primer lugar, a incrementar la importancia relativa de las tropas ligeras y probablemente también a aligerar el equipo de la infantería. Para Ifícrates, el tipo ideal del «conquistador de ciudades» era el peltasta.
Por otra parte, tuvo como resultado importantes innovaciones tácticas destinadas a mejorar el poder de choque de los asaltantes. Por eso los siracusanos, en guerra con los cartagineses, fueron los primeros griegos en tomar conciencia, a finales del , de la eficacia del «asalto continuo» realizado por oleadas sucesivas y, por consiguiente, de la necesidad de contar con reservas. Por ese mismo motivo, a partir de Alejandro se constituyeron en el seno de los ejércitos, comandos especializados en escalar murallas.
Por último, la guerra de asedio contribuyó a revalorizar el uso de la sorpresa, de las añagazas y de la traición en detrimento del enfrentamiento abierto, así como del valor individual, más o menos provocado por el cebo de las recompensas, en detrimento del heroísmo colectivo.
Así, el perfeccionamiento de la poliorcética favoreció en Grecia la decadencia del soldado-ciudadano y el desarrollo del profesionalismo militar, agravando a la vez la crisis social y política que había sido su origen; tanto más cuanto que estuvo acompañado, desde la época de Dionisio I (comienzos del ) hasta la de Demetrio Poliorcetes (comienzos del ), de un desarrollo considerable de la técnica militar, que exigía una mayor movilización de medios materiales y humanos.
Las armas incendiarias
thumb|400px|Uso del fuego griego, según un manuscrito bizantino. Un arma tan primitiva como el fuego no dejó de representar durante toda la Antigüedad un papel importante en la guerra de asedio, porque la madera continuó siendo un material esencial en la arquitectura civil e incluso pasó a formar una parte esencial en la composición de los puntos más expuestos de las fortificaciones (puertas, caminos de ronda y empalizadas diversas), y también debido a los perfeccionamientos que se produjeron en las armas incendiarias para terminar con los sistemas de protección imaginados por los defensores.
A menudo se limitaba a crear inmensas hogueras, calculando con atención la dirección del viento. Los asaltantes lanzaban pez y azufre sobre ella para activar la combustión, mientras que los asediados creaban frente a sus edificaciones pantallas de piel fresca y lanzaban contra la hoguera agua, tierra y vinagre (cuyas cualidades como extintor eran muy apreciadas por los antiguos). También se supo desde muy pronto cómo actuar a distancia y con mayor precisión. Desde las guerras médicas se utilizaban flechas forradas de estopa encendida. Durante la guerra del Peloponeso se pusieron a punto una especie de lanzas-antorcha de las que Tucídides nos ha dejado una detallada descripción, que se probaron contra el atrincherado ateniense de Delio, en el invierno del 424 a. C. dice Tucídides:
Estos procedimientos se perfeccionaron y se diversificaron a partir del , teniendo a menudo los asediados cada vez más y mejores medios para destruir las obras de carpintería que los asaltantes levantaban delante de sus murallas. Se inventaron entonces numerosos tipos de erizos incendiarios, de concepto análogo al que describe así Eneas el Táctico: