Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, oficialmente conocidos como los Juegos de la XI Olimpiada, se llevaron a cabo en Berlín, Alemania, entre el 1 y el 16 de agosto de 1936, durante el periodo del Tercer Reich. Participaron 3963 deportistas (3632 hombres y 331 mujeres) de 49 países, quienes compitieron en 19 deportes y 129 especialidades. En la actualidad, los Juegos son recordados por las actuaciones de atletas como Jesse Owens o Gretel Bregmann, por producciones audiovisuales como Olympia, y cuestiones políticas que en conjunto marcaron un precedente en el uso del deporte como herramienta política.

Aspectos políticos

Reacciones y boicots El ascenso de Hitler al poder y sus consecuencias para los juegos right|thumb|275px|Vista aérea del estadio. right|thumb|275px|Vista durante la ceremonia de clausura. La ciudad de Berlín fue seleccionada como sede en 1931, más de un año antes del nombramiento de Adolf Hitler como Canciller de Alemania. Luego del 30 de enero de 1933, comenzó el debate sobre si el Comité Olímpico Internacional (COI) debía quitarle la sede a Berlín y reemplazarla por otra ciudad. Si bien el COI decidió mantener la sede de los juegos en Berlín el 7 de junio del mismo año --creyendo en las afirmaciones del Comité Olímpico Alemán, cuyo líder Theodor Lewald declaró que no habría restricciones de ningún tipo contra atletas judíos para ser parte del equipo– , varias organizaciones deportivas se debatieron si participar de los juegos o boicoteralos rehusándose a participar.

En este contexto, ciertas organizaciones y movimientos judíos, tanto marxistas como contrarios al régimen nazi, presionaban por la realización de un boicot internacional a los Juegos Olímpicos nazis. Estados Unidos tenía mucha fuerza en este sentido, debido a la importante e influyente comunidad judía residente en el país estadounidense. Esta comunidad, organizada en distintas asociaciones, como el Congreso Judío americano, el Comité de trabajo judío y la Liga no sectaria antinazi, emprendieron diversas acciones que comprendían desde la difusión de propaganda antinazi hasta el boicot a la compra de productos alemanes, así como la persistente exigencia de cambiar la sede. También hubo líderes relevantes en el ámbito de la política norteamericana que se adhirieron al boicot, como es el caso de Al Smith, gobernador de New York, o James Curley, de Massachusetts.

Los alemanes insistieron en sus promesas de no discriminar a nadie por razón de raza o religión, pero el Comité Olímpico de los Estados Unidos y las organizaciones judías se mostraban reticentes a creerlos a la vista de los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Alemania bajo la administración de Hitler, sobre todo en lo que respecta a la persecución contra los judíos.

En el congreso de Atenas, organizado por el COI en mayo de 1934, Estados Unidos pospuso su decisión final de aceptar la invitación a los Juegos de Berlín a la espera del informe de campo realizado por el presidente del comité americano, Avery Brundage. Finalmente, influenciado por su relación de amistad con algunos organizadores de los Juegos en Berlín, Brundage instó al comité estadounidense a aceptar la invitación, a pesar de las críticas y presiones que siguieron recibiendo por parte de la comunidad judía. Brundage llegó a defender posturas un tanto controvertidas para justificar su decisión, manteniendo que el deporte debía desentenderse del conflicto entre judíos y alemanes, o incluso afirmando que detrás del boicot a los Juegos Olímpicos existía una conspiración judeo-comunista. La adhesión del gobierno estadounidense fue decisiva para que finalmente aceptasen participar el resto de países dubitativos con respecto a las olimpiadas.

Olimpiada popular en Barcelona España, por primera y única vez en la historia, boicoteó estos Juegos y no participó. Como respuesta a la celebración de los Juegos Olímpicos en la Alemania nazi, la Generalitat de Cataluña convocó unas olimpiadas populares a la que acudieron numerosos deportistas y atrajeron a numerosos turistas. Sin embargo, este evento deportivo no llegaría a celebrarse como consecuencia del golpe de Estado de los militares españoles, que daría inicio a una cruenta guerra civil y a la inauguración de una dictadura de corte fascista dirigida por el General Francisco Franco.

Los Juegos debían haberse iniciado el 19 de julio. Alrededor de 6.000 deportistas y 20.000 visitantes se disponían a participar de este evento, pero ese mismo día, el golpe de Estado perpetrado por los militares en el norte de África se trasladó a la península ibérica. Este hecho llevó a la mayoría de los foráneos a abandonar lo antes posible la capital catalana y retornar a sus países de origen.

Sin embargo, cabe destacar que algunos atletas judíos del equipo olímpico de Palestina decidieron, debido a su ideología política cercana a la izquierda, quedarse en territorio español y enrolarse en el bando republicano para combatir al fascismo.

Blanqueamiento deportivo

La estrategia de la Alemania nazi Los intentos de boicot fueron importantes para el Reich porque, en cierta medida, contribuyeron a que Hitler tomara noción del potencial político de organizar los juegos. Si bien en un principio dudaba de los efectos que el internacionalismo deportivo podía tener sobre la ideología nazi, los boicots –particularmente el impulsado en Estados Unidos– hicieron que Hitler se de cuenta de que tener a los ojos del mundo puestos sobre Berlín durante los juegos eran una oportunidad perfecta para inclinar la opinión pública mundial en su favor. Para este fin, el Reich llevaría una política de encubrimiento de varios aspectos de la vida en la Alemania Nazi. Por ejemplo, Hitler se alejó sustancialmente de Der Stürmer, al mismo tiempo que sus ejemplares fueron retirados de la ciudad.Friedänder, "Alemania Nazi", p. 125., en Evans, R. (2005), El Tercer Reich en el Poder, p. 561., Península. Otras medidas fueron ordenadas por individuos ajenos al régimen. Cuando en invierno de 1936, el presidente del COI Henri de Baillet-Latour –en un viaje en auto a la sede de los juegos de invierno del mismo año Garmisch-Partenkirchen– encontró varios carteles antisemitas en el camino, le ordenó a Hitler que todos estos sean removidos o los juegos de Berlín serían cancelados. Acto siguiente, la propaganda antisemita en Alemania descapareció. Al mismo tiempo, se incitó a la población berlinesa a mostrar su mejor cara ante la visita de atletas y espectadores de todo el mundo. El periódico Der Angriff emitió material propagandístico incitando al pueblo a ser lo más acogedor posible de cara a los juegos.New York Times (6 de julio de 1936), "ALL NAZIS CALLED AS OLYMPIC 'HOSTS'; Press and Radio Drive Warns They Must Impress Visitors and Show a 'United' Reich. COURTESY IS THE BYWORD Course on Hospitality Given to Public Servants -- Refurbishing of Berlin Is Speeded.", p. 6., en Mandell, R., (1971) "Las Olimpiadas Nazis", Londres, 1972, p. 140. Por último, se llevaron proyectos masivos para mejorar la imagen de Alemania de distintas formas. Entre varios, destacan la construcción del Olympiastadion –que en su momento llegó a albergar 110.000 espectadores– encargado a Albert Speer y Werner March, y la producción del filme Olympia –el primer documental de un juego olímpico– encargada a Leni Riefenstahl

El principal organismo encargado de controlar a los clubes y las federaciones deportivas alemanas --el Reichssport-- estaba dirigido por un miembro del Partido Nazi llamado Hans von Tschammer und Osten. Cabe destacar que de este organismo dependía el Comité Olímpico alemán y mantenía una relación de subordinación con Joseph Goebbels, lo cual reforzaba la politización de la organización de los Juegos Olímpicos y ponía de manifiesto la nula independencia de las instituciones existentes dentro del régimen alemán.

De forma simultánea, se inició un proceso de discriminación racial dentro del deporte alemán, en virtud del cual los judíos fueron expulsados de los clubes deportivos y se les negó el derecho a representar a Alemania en los Juegos Olímpicos. Este es el caso de los boxeadores Eric Seelig y Johann Wilhelm Trollmann, a los que anularon sus numerosos títulos deportivos y fueron expulsados de la federación alemana por ser judíos. Otro tanto les ocurrió al resto de atletas y deportistas judíos.

El COI designó dos encargados de la organización de los Juegos en Berlín. Estos personas fueron Lewald y Carl Diem, que fueron acusados por la propaganda nazi de ser demasiado benévolos con los judíos. Fueron objeto de constantes presiones por parte de los jerarcas nazis para que dimitieran, pero el presidente del COI recordó a Hitler que no tenía competencias para destituir a estos dos dirigentes. Finalmente, Hitler aceptó las normas impuestas por el COI, ya que corría el riesgo de perder la candidatura.

Estados Unidos tenía una rica e influyente comunidad judía que presionó al gobierno estadounidense para boicotear a la Alemania nazi, temerosos de que los Juegos Olímpicos se celebrasen bajo los ideales racistas que promovía el Tercer Reich. Sin embargo, Alemania se comprometió formalmente en su adhesión a los valores promovidos por la Carta Olímpica y al respeto a los judíos en los Juegos Olímpicos.

El nuevo régimen alemán se enfrentaba a otro problema manifestado por la contradicción que suponía la realización de un evento deportivo que era de tradición anglosajona y se fundamentaba en fines democráticos y pedagógicos basados en la fraternidad entre distintos pueblos. Esto iba claramente en contra de la idea del Volksgeneinschaft promovida por los nazis, que se basaba en la etnia y la exclusión las razas consideradas inferiores o degeneradas. Hitler tampoco sentía especial apego hacia ninguna disciplina deportiva de los Juegos Olímpicos por ser contrarios a los ideales del nacionalsocialismo, que concebían el deporte como un medio para servir a un fin nacional. El Führer prefería las tradicionales disciplinas de gimnasia alemana.

Goebbels impuso la estrategia de adherirse a los principios del internacionalismo olímpico, rehusando momentáneamente los principios nacionalistas y racistas, con el objetivo de mostrar al mundo la capacidad organizativa y la superioridad de la Alemania nazi. Pretendían organizar los mejores Juegos Olímpicos, para lo cual no deberían escatimar recursos económicos ni propagandísticos. Por lo tanto, no estaban interesados en mostrar actitudes racistas ni discriminatorias que dieran a sus países oponentes razones de peso para no asistir a unos Juegos Olímpicos que jugaban en favor de Alemania. La Cancillería mostró una total predisposición a ayudar a Lewald y Diem, dirigentes alemanes del Comité Organizador, con todos los recursos económicos disponibles. Esta firme promesa se materializó posteriormente con la entrega de 20 millones de Reichmarks al Comité.

El siguiente paso de los nazis fue dado también por Goebbels, para quien los Juegos Olímpicos debían ser el evento deportivo más relevante de los últimos tiempos, atrayendo la atención de todas las naciones y utilizando el COI como altavoz de la supremacía nazi. De esta manera, con el objetivo de engañar al enemigo, desplegaron una intensa estrategia en un doble sentido: convencer al resto de naciones de que el trato que recibirían los deportistas de todo el mundo sería respetuoso con los valores promovidos por el COI y la Carta Olímpica y, por otra parte, la difusión de propaganda para demostrar el poderío y la superioridad nazi. Con este fin, Goebbels mandó la creación de un programa de radio en el que se apoyaba al olimpismo. La música alemana también desempeñó un papel fundamental en blanquear las atrocidades del régimen nazi, ya que los músicos Carl Orff y Richard Strauss compusieron música para distintos eventos celebrados en las Olimpiadas.