La segunda guerra entre unitarios y federales en el interior ocurrió entre el 1 de diciembre de 1828 y el 4 de noviembre de 1831 como consecuencia del fusilamiento de Manuel Dorrego y los bandos enfrentados se alineaban en la Liga del Interior y las provincias firmantes del Pacto Federal.
Antecedentes
Autonomías provinciales
Tras la Independencia de la Argentina, en 1820 habían desaparecido las autoridades nacionales, debido a la oposición de los federales al centralismo que los gobiernos de la década anterior habían implantado.
Durante la década de 1820, en consecuencia, cada provincia argentina se gobernó a sí misma, sin más vínculo con las demás que los tratados firmados entre ellas y una fuerte convicción de pertenecer a un mismo país.
En 1824 se reunió, por iniciativa del gobierno de la provincia de Buenos Aires, el Congreso General de 1824; este había creado el cargo de Presidente de la República Argentina, que ejerció el porteño Bernardino Rivadavia, líder del partido unitario. Dos años más tarde, el mismo Congreso sancionó la Constitución Argentina de 1826, de corte netamente unitario. Una serie de enfrentamientos entre unitarios y federales en las provincias del norte se saldó con la victoria del partido federal, dirigido militarmente por el caudillo Facundo Quiroga, en 1827.
Guerra del Brasil y fracaso de Rivadavia La Guerra del Brasil había sido la excusa para la formación de la Presidencia. El éxito de la campaña terrestre contrastaba con el fracaso en levantar el bloqueo sobre los puertos argentinos por parte de la flota brasileña. Eso llevó a un desafortunado tratado de paz firmado por el enviado del presidente Rivadavia, que al ser conocido le costó la presidencia a este.
Poco después era disuelto el Congreso, y la provincia de Buenos Aires reconquistaba su autonomía provincial; su primer gobernador, electo en elecciones relativamente democráticas, fue Manuel Dorrego. Este se entendió con los dirigentes federales del interior, que le delegaron las dos atribuciones que quedaban de un gobierno nacional: la responsabilidad por lo que quedaba del ejército en campaña en la Banda Oriental, y las relaciones exteriores de todas ellas, incluida la capacidad de decidir sobre las relaciones de paz y de guerra.
El gobierno de Dorrego fue relativamente favorable a las clases bajas, y los aristócratas se sintieron atacados por esa política. Se pronunciaron en su contra, al menos en la ciudad, casi todos los dirigentes.
En reemplazo del disuelto Congreso, se reunió en Santa Fe una «Convención Nacional» de representantes de los gobiernos provinciales. Este tenía como misión sentar las bases constitucionales del país por medio de tratados entre las provincias.
Pero Dorrego, a pesar de sus intentos de continuar la Guerra del Brasil, no tenía fondos para hacerlo. El Banco de la Provincia de Buenos Aires, controlado por capitalistas británicos, le negaba créditos para ello, siguiendo la política del embajador británico, John Ponsonby. De modo que Dorrego se vio obligado a firmar la paz en las condiciones exigidas por Ponsomby. La principal de ellas era la independencia de la Provincia Oriental, como República Oriental del Uruguay.
Los oficiales del ejército se sintieron ultrajados por el tratado de paz, ya que creían que había sido firmado cuando ellos aún estaban en condiciones de continuar la lucha. Al frente de ellos se puso el general Juan Lavalle, que había tenido un conflicto personal con el partido federal porteño. Disgustado por el tratado de paz, se alió con los opositores de Dorrego, muchos de ellos comerciantes que habían exigido a este que firmase cualquier tratado de paz con tal de ver levantado el bloqueo y detenido el flujo de dinero al ejército y la flota. Lavalle y sus aliados no parecieron percibir que se oponían a Dorrego por razones opuestas.
Lavalle llevó de regreso la mitad del ejército a Buenos Aires a fines de noviembre de 1828; en pocas horas se puso de acuerdo con los dirigentes unitarios para derrocar a Dorrego.
Revolución de diciembre
En la madrugada del 1.º de diciembre de 1828, el general Lavalle ocupó el centro de la ciudad de Buenos Aires. El gobernador Dorrego abandonó rápidamente la Fortaleza, sede de su gobierno, dirigiéndose al sur de la provincia, donde contaba con el apoyo de las milicias rurales, bajo el mando del coronel Juan Manuel de Rosas.
En su ausencia, Lavalle se hizo elegir gobernador en una asamblea de sus partidarios en el atrio de una iglesia. Desde entonces, ambos contendientes se consideraban, cada uno a sí mismo, el gobernador legal, y al otro como un usurpador.
Rosas aconsejó a Dorrego unir a sus fuerzas las que comandaba en el norte de la provincia el coronel Ángel Pacheco. Dorrego, en cambio, decidió enfrentar al usurpador en la batalla de Navarro, donde fue completamente derrotado. Se retiró hacia el norte de la provincia, refugiándose en el campamento de Pacheco; pero dos de sus oficiales, Bernardino Escribano y Mariano Acha, se sublevaron contra ellos y arrestaron a Dorrego. Pocos días más tarde, instigado por sus aliados unitarios, Lavalle ordenaba el fusilamiento del gobernador Dorrego en Navarro.
Por su parte, Rosas se trasladó a la provincia de Santa Fe. La «Comisión Representativa» encargó al gobernador Estanislao López marchar sobre Buenos Aires al frente de su ejército y deponer a Lavalle. A ese ejército se sumó Rosas.
En el interior de la provincia de Buenos Aires se formaron algunos pequeños ejércitos y montoneras federales, que resistieron duramente al usurpador. El coronel Isidoro Suárez venció a una de ellas en el combate de Las Palmitas, cerca de la actual Junín; el jefe vencido, teniente coronel Manuel Mesa, fue fusilado.
Pero no todos fueron éxitos: el coronel Federico Rauch fue vencido por una montonera de indígenas y gauchos en el combate de Las Vizcacheras, y muerto a manos de los indios. El coronel Ramón Bernabé Estomba perdió la razón en su búsqueda de enemigos en el interior de la provincia, y moriría poco después en un hospital.
Surgimiento de Rosas
En castigo por el apoyo de Estanislao López a los montoneros federales, Lavalle invadió Santa Fe. Pero López maniobró con la estrategia que la había dado éxito varias veces antes, maniobrando sin presentar batalla y desgastando al enemigo.
En medio de estas operaciones, se unió a Lavalle el general José María Paz, que había regresado de la Banda Oriental con las tropas de las provincias del interior. Acordó con Lavalle la invasión a Córdoba,Diversos autores difieren en si estuvieron de acuerdo en que esa campaña se llevara a cabo en ese momento, o si Lavalle pidió que esperara a la derrota de Estanislao López. La primera versión es la sostenida por el general Paz en sus Memorias póstumas, Ed. Emecé, Bs. As., 2000. y comenzó la campaña que llevaría la guerra civil a casi todo el país.
Poco después, López llevaba a Lavalle hasta un campo de pastos envenenados, donde el porteño perdió casi todos sus caballos, de modo que se vio obligado a retroceder hacia la capital. Unas semanas más tarde, López y Rosas derrotaban a Lavalle en la batalla de Puente de Márquez, del 25 de abril de ese año.
Con sus fuerzas muy disminuidas y muy reducida su movilidad, Lavalle debió encerrarse en la ciudad de Buenos Aires. Rosas incluso se dio el lujo de enviar de regreso a López a Santa Fe, para prevenir un posible ataque de Paz, y poco después sitió a Lavalle en el interior de la ciudad.
El sitio de Buenos Aires se cerró cada vez más sobre Lavalle y sus leales, mientras muchos habitantes de la ciudad emigraron a los suburbios, dominados por los federales. En la ciudad, el apoyo a Lavalle no era unánime, ya que muchos dirigentes –incluyendo a algunos unitarios– habían rechazado su revolución y el fusilamiento de Dorrego; muchos habían sido expulsados y otros arrestados por orden de Lavalle. La ciudad se quedó sin víveres y, para empeorar las cosas, la flota francesa se apoderó de la escuadra unitaria.
Desesperado, Lavalle se dirigió completamente solo al cuartel general de Rosas. Como este no se encontraba, se acostó en su catre de campaña a esperarlo.Una leyenda atribuye a la indignación de una criada por esa actitud el accidente que habría llevado a la invención del dulce de leche. A la mañana siguiente, Lavalle y Rosas firmaron la Convención de Cañuelas, por la que se llamó a elecciones, en las que debía presentarse solamente una lista de unidad de federales y unitarios.
Cuando en julio se realizaron esas elecciones, los unitarios presentaron la candidatura del general Alvear, la cual triunfó gracias a la emigración de los federales y la violencia empleada por los unitarios.
Las relaciones quedaron rotas nuevamente, y la ciudad volvió a ser sitiada. Mucho más que antes, la fuerza estaba del lado de Rosas. A fines de agosto se firmó un segundo pacto, el de Barracas. Por este, el gobierno quedaba en manos del general Juan José Viamonte. Este convocó a la legislatura disuelta por Lavalle, que el 8 de diciembre eligió gobernador a Juan Manuel de Rosas, munido de "todas las facultades ordinarias y extraordinarias que crea necesarias, hasta la reunión de una nueva legislatura", una medida relativamente común en tiempos de guerra civil.
Comenzaba la llamada «época de Rosas».
Invasión de Paz a Córdoba
thumb|130px|El general José María Paz.
En los últimos días de diciembre de 1828, después del fusilamiento de Dorrego, el general José María Paz regresó a Buenos Aires con los últimos cuerpos del ejército de la Guerra del Brasil; en su mayor parte, se trataba de tropas y oficiales de las provincias del interior.El general Paz no participó de la revolución contra Dorrego ni de su ejecución, pero las justificó en cartas privadas. Véase Carranza, Ángel Justiniano, Lavalle ante la justicia póstuma, pág. 203, Buenos Aires, 1886, citado por Bischoff, Efraín, Por qué…, op. cit. Lavalle nombró a Paz su ministro de guerra, con la esperanza de que le ayudara en su guerra contra López y Rosas; pero Paz tenía otros planes.
Paz se trasladó con su división hasta San Nicolás de los Arroyos y, tras una conferencia con Lavalle en «Los Desmochados», el 3 de abril, continuó su camino hacia Córdoba, su provincia natal. En su camino ordenó tener especial cuidado en no molestar a los habitantes de la provincia de Santa Fe, de modo que no fue incomodado por Estanislao López.
En Córdoba gobernaba, desde 1820, el general Juan Bautista Bustos. Paz había sido su compañero en el motín de Arequito y su enemigo en el conflictivo año 1821.
A fines de enero, el coronel Juan Gualberto Echeverría, jefe de la frontera sur de la provincia de Córdoba, se había insurreccionado contra el gobernador Bustos; pero había fracasado. Sus aliados fueron arrestados, y el propio Echeverría debió huir a Buenos Aires. Regresó con el ejército de Paz.Bischoff, Efraín, Por qué Córdoba fue invadida en 1829, Ed. Plus Ultra, Bs. As., 1975, pág. 47.
Paz ingresó en el territorio de la provincia a fines de marzo de 1829, con un pequeño pero eficaz ejército de casi 1000 hombres. En su avance hacia el interior de la provincia, recibió el apoyo de muchos cordobeses de responsabilidad, incluidos varios comandantes militares y jueces de paz. Entre ellos se contaba Manuel López, el que sería futuro caudillo federal y que gobernaría Córdoba por 17 años, heredero en muchos sentidos de Bustos. El largo gobierno de Bustos había ido generando resentimientos personales que resquebrajaban la lealtad a su jefe; aunque esta situación salió a relucir solo cuando Paz ingresó en la provincia.
Sabiendo que las intenciones de Paz no eran pacíficas, el gobernador intentó indisponer a la población con el invasor. El 9 de abril, antes de que Paz llegara, se retiró a la zona de las sierras, a la estancia de San Roque. No quiso continuar su marcha hacia el oeste, porque desde ese punto en adelante, internándose en las sierras, hubiera debido abandonar las carretas en que transportaba su artillería.