thumb|300px|Rosario católico de cuentas de madera, con una medalla de san Benito en el centro de la cruz. La crítica histórica atribuye a la Orden de San Benito el punto de origen del rezo del rosario. El rosario (del latín medieval rosarium, y este del lat. rosarium ‘rosaleda’) es un rezo tradicional católico que conmemora veinte misterios (quince en la forma tradicional) de la vida de Jesucristo y de la Virgen María, recitando después de anunciar cada uno de ellos un padre nuestro, diez avemarías y un gloria al Padre. Es frecuentemente designado como Santo Rosario por los católicos. «La Iglesia ha reconocido siempre una eficacia particular al Rosario, confiándole, mediante su recitación comunitaria y su práctica constante, las causas más difíciles»; San Juan Pablo II dijo: «Por medio del rosario los fieles reciben abundantes gracias, desde las mismas manos de la Madre del Redentor». https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_letters/2002/documents/hf_jp-ii_apl_20021016_rosarium-virginis-mariae.html

También se llama «rosario» a la sarta de cuentas que se utiliza para rezar el mismo. Las cuentas están separadas cada diez por otras de distinto tamaño y la sarta está unida por sus dos extremos a una cruz.

Inicios del rosario En los orígenes del rosario católico se entrelazan tradiciones antiguas de la oración del Oriente y del Occidente cristianos. El rosario tiene sus raíces en el , cuando el modo de honrar a María (madre de Jesús) en Oriente comienza a ser conocido en Occidente. Se trata de la repetición de aclamaciones y alabanzas que aparecen en el Evangelio de Lucas (el saludo del ángel Gabriel a María en Lucas 1, 26-28; y el saludo de Isabel a María en Lucas 1, 42) hasta conformar el avemaría junto con un rico conjunto de himnos y oraciones propias de las liturgias orientales. Entre las influencias más destacadas se encuentra la traducción al latín del Akáthistos a la madre de Dios, un himno de la liturgia oriental griega de finales del que medita sobre el misterio de la maternidad divina de María.

André Duval citó a Thomas Esser, quien refirió la existencia de un manuscrito de 1501 conservado en la biblioteca de Múnich, en el que se indica que el rosario tuvo su origen primero en la Orden de San Benito, y que posteriormente se consolidó por obra de la Orden de los Cartujos, y se expandió por acción de los dominicos. En los monasterios se solían recitar los 150 salmos (el salterio de David, ya recitado por los judíos) en el Breviario monástico, pero a los fieles o hermanos que no eran sacerdotes ni monjes, al no poder seguir esta devoción (porque en su mayoría no sabía leer) se les enseñó una práctica más sencilla: la de recitar 150 avemarías. Esta devoción tomó el nombre de «Salterio de la Virgen».

La popularidad y desarrollo del rosario se produjo en el , durante la oposición al movimiento albigense o catarismo. Los cátaros o albigenses no reconocían ningún dogma relacionado con la Virgen María y se negaban a venerarla. Ante los enfrentamientos entre católicos y albigenses, Domingo de Guzmán, fundador de la orden de los Predicadores (más conocidos como dominicos), parece haber promovido en sus misiones el rezo de una forma primitiva del rosario. Al ser los dominicos una orden de predicadores y estar siempre en medio del pueblo, su devoción se hizo popular, generando la aparición de cofradías y grupos de devotos por doquier, junto con relatos de milagros que acrecentaron su fama. Aunque la devoción decayó durante el , la orden de los Predicadores siguió fomentándola.

El beato Alano de la Roca fue el encargado de hacerla resurgir, tarea seguida por Jacobo Sprenger, prior del convento de los dominicos en Colonia (Alemania). Para el ya estaba con su forma manejada hoy: Contemplación de los «misterios», credo, padrenuestro y avemaría como oraciones principales y las cuentas o granos como medio de llevar la oración.

Sobre el avemaría es preciso señalar que la segunda mitad de la oración fue añadida a la primera en el , pero su uso se hizo universal cuando el papa Pío V promulgó el Breviario Romano y mandó que se rezase al principio de cada hora del Oficio Divino, después del padrenuestro.

Fue la batalla de Lepanto la que causó que la Iglesia católica celebrara una fiesta anual al rezo del rosario, ya que el papa Pío V atribuyó la victoria de los cristianos sobre los turcos a la intercesión de la Virgen María mediante el rezo del rosario. La fiesta fue instituida el 7 de octubre. Primero se la llamó «Nuestra Señora de las Victorias», pero el papa Gregorio XIII modificó el nombre de la solemnidad por el de «Nuestra Señora del Rosario». thumb|En este fresco ubicado en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife, España), aparece representada la Virgen del Rosario entregando el Santo Rosario a Domingo de Guzmán. En la escena también aparecen Pedro de Santa María de Ulloa, Catalina de Siena y la siervita de Dios María de Jesús de León y Delgado.

Rosarios procesionales El rezo público del Santo Rosario fue una devoción que surgió en Sevilla en 1688-1690 y se popularizó muy pronto por toda España y por Hispanoamérica. Eran cortejos precedidos por una Cruz procesional, detrás de la cual iban en dos filas los cofrades , algunos de ellos con faroles de mano y faroles de asta para alumbrar, pues salían a la calle en procesión antes de amanecer. Al final, presidiendo la procesión, se portaba la insignia mariana denominada Simpecado; detrás del Simpecado seguía el Clero y a veces una pequeña capilla musical o los tradicionales Campanilleros. Los Rosarios públicos rezados o cantados se difundieron rápidamente y en la ciudad de Sevilla llegó a haber a fines del más de ciento cincuenta cortejos que diariamente hacían su estación por las calles rezando y cantando las avemarías y los misterios. El escritor José María Blanco White refiere en sus Cartas de España que era raro salir de mañana y no encontrarse en la calle con uno de estos Rosarios procesionales. Los domingos y festivos salían con más asistentes. En sus comienzos iban sólo los hombres, pero ya en el primer tercio del XVIII aparecieron los primeros rosarios de mujeres, que salían por la tarde y debían terminar, volviendo a la iglesia, convento o capilla de la que salieron antes de caer la noche. En la actualidad, las hermandades que organizan el Rosario público, lo hacen sin restricción de horarios, según convenga, siendo habitual también la salida vespertina o nocturna. En algunas hermandades se ha mantenido con extraordinaria solemnidad los Rosarios de Vísperas, la noche anterior a la fiesta de la Virgen que se celebra. En Zaragoza, con motivo de las fiestas de la Virgen del Pilar sale en procesión el Rosario de Cristal.

Devoción de la Iglesia Católica El Papa León XIII, conocido como el "Papa del Rosario", publicó once encíclicas y numerosos documentos dedicados a promover y recomendar la devoción del Santo Rosario, siendo los más destacados las encíclicas Supremi Apostolatus Officio (1883), Octobri Mense (1891), Laetitiae Sanctae (1893) y Augustissimae Virginis Mariae (1897). Estos documentos exhortan a los fieles a rezar el Rosario para superar los males sociales y espirituales, otorgando también indulgencias y consagrando el mes de Octubre para promover el rezo de esta piadosa práctica, insistiendo en el valor del rezo en familia del Santo Rosario.

Según la tradición católica, en Fátima (Portugal), en 1917, a tres pequeños pastores se les apareció la Virgen María, quien les reveló que cada vez que se reza un avemaría es como si se le ofreciera una rosa, de tal suerte que cada rosario completo sería una corona de rosas (concepto que había sido mencionado tiempo atrás por Luis María Grignion de Montfort en su obra Secreto admirable del Santo Rosario).

El 16 de octubre de 2002, el papa Juan Pablo II promulgó la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, en la que consideró oportuna la adición de cinco nuevos misterios al rosario, los misterios luminosos.

Corona del rosario

La corona del rosario (o camándula, como se le conoce en algunos países) está formada por cincuenta cuentas en grupos de diez (conocidos como «decenas»), con una cuenta más gruesa entre cada decena, o bien una cuenta algo más separada de las de las avemarías. La ristra se cierra en sus extremos, enganchándose estos simplemente, o a una placa de intersección. La placa suele tener forma triangular o semejante, con el vértice hacia abajo, del que, por lo general (pero no siempre, sobre todo en rosarios antiguos) sale un tramo de comúnmente cinco cuentas (1, 3, 1), siendo algo mayores las extremas, como las de los padrenuestros. De la última sale un enlace del que cuelga un Crucifijo, o una cruz (frecuente en la antigüedad, desde el hacia atrás). Antiguamente se usaba también una medalla en vez de la Cruz. Estas cinco cuentas pueden simbolizar las cinco llagas de Jesucristo y se utilizan para las oraciones adicionales rezadas antes, o bien después de los misterios. Hay coronas o rosarios completos, es decir, de ciento cincuenta cuentas más 15 (de padrenuestros) más quince (de Gloria Patri), más cinco (o tres) adicionales. Para fabricar las cuentas se utilizaban semillas de caoba o incluso perlas reales, pero en la actualidad se fabrican, también, de materiales artificiales. En el pasado eran comunes los rosarios hechos con huesos de aceitunas, que se tomaban como una alusión a los olivos del huerto de Getsemaní.

Tradicionalmente se recitaban quince decenas, número que fue aumentado a veinte con la inclusión en el año 2002 de los «misterios luminosos». Cada una, como ya se mencionó anteriormente, corresponde a uno de los «misterios» de la Redención.

Misterios del Santo Rosario Cada serie de misterios comprende cinco temas distintos para la meditación, cada uno de los cuales representa un momento de la vida de Jesús y de la Virgen María, la madre de Jesús. El rosario representa las rosas, a modo de oración que son ofrecidas a la Virgen María, en sus distintas etapas de la vida a modo de misterios.

Tradicionalmente, el rosario estaba dedicado a una de tres series de «misterios» que debían ser recitados secuencialmente, uno por cada noche. Según aquella praxis corriente, el lunes y el jueves estaban dedicados a los «misterios gozosos», el martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles, el sábado y el domingo a los «gloriosos».

El 16 de octubre de 2002, Juan Pablo II promulgó su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (es decir, Rosario de la Virgen María), en la que consideró oportuna la incorporación al rosario de los llamados «misterios luminosos».

En el mismo documento se sugiere e indica el orden semanal de los mysteria lucis (misterios de la luz o luminosos):

Con los cambios referidos, el rezo del Santo Rosario se hace actualmente de la siguiente manera:

Misterios Días tradicionales Días actualesGozososLunes y jueves, y también en el tiempo de Adviento y NavidadLunes y sábadosDolorososMartes y Viernes, Semana MayorMartes y ViernesGloriososMiércoles, Sábados y Domingos y en el tiempo de PascuaMiércoles y DomingosLuminosos—Jueves

Los temas de cada misterio son los siguientes:

Gozosos o de gozo: el anuncio del ángel a la Virgen María, la visitación de María a su prima Isabel, la Natividad del Señor, la presentación del Señor y Encuentro del Señor en el templo. Dolorosos o de dolor: la oración del Señor en el huerto de Getsemaní, la flagelación del Señor, la coronación de espinas, el tránsito del Señor con la cruz a cuestas, y la Crucifixión y muerte del Señor en el monte Calvario. Gloriosos o de gloria: la resurrección del Señor, la ascensión del Señor, el advenimiento del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles, la asunción de María y la coronación de la Virgen.