Eduardo I (en inglés moderno, ), también conocido como «el Zanquilargo» o «Piernas Largas» (en inglés, ; 17/18 de junio de 1239-7 de julio de 1307) fue rey de Inglaterra desde 1272 hasta su muerte. Antes de su acceso al trono, era llamado comúnmente como el lord Eduardo (). Fue el primer rey inglés desde 1066 que tenía nombre inglés y que hablaba inglés Pasó gran parte de su reinado reformando la administración real y el common law anglosajón. A través de una amplia investigación legal, investigó el ejercicio de varias libertades feudales, mientras que el derecho fue reformado mediante una serie de estatutos que regulaban el derecho penal y de propiedad. Sin embargo, cada vez más, la atención de Eduardo se dirigió hacia los problemas militares.
Primogénito de Enrique III, estuvo involucrado desde el principio en las intrigas políticas del reinado de su padre, que incluyeron una sublevación por parte de los barones ingleses. En 1259, se unió brevemente a un movimiento de reforma de los barones y apoyó las Provisiones de Oxford. No obstante, después de la reconciliación con su padre permaneció leal a lo largo del conflicto armado posterior, conocido como la segunda Guerra de los Barones. Después de la batalla de Lewes, Eduardo cayó prisionero de los barones rebeldes, pero escapó después de unos meses y se unió a la lucha contra Simón de Montfort, quien fue derrotado en la batalla de Evesham en 1265; en dos años la rebelión se extinguió. Con Inglaterra pacificada, Eduardo se unió a la novena cruzada a Tierra Santa. La cruzada logró poco; el rey inglés se dirigía a su país en 1272 cuando se le informó de la muerte de su padre. Haciendo un regreso lento, llegó a Inglaterra en 1274 y fue coronado en Westminster el 19 de agosto.
Después de reprimir una rebelión menor en Gales en 1276-1277, respondió a una segunda rebelión en 1282-1283 con una guerra de conquista a gran escala. Después de una campaña exitosa, sometió a Gales al dominio inglés, construyó una serie de castillos y villas en la campiña y los pobló con ingleses. Después, sus esfuerzos se dirigieron a Escocia. Inicialmente invitado como árbitro en una disputa de sucesión tras la muerte de Alejandro III, Eduardo reclamó la suzeranía sobre ese reino. La guerra que siguió continuó después de su muerte, a pesar de que los ingleses parecían victoriosos en varios aspectos. Simultáneamente, Eduardo se involucró en una guerra con Francia (un aliado escocés) después de que Felipe IV confiscara el Ducado de Aquitania, que hasta entonces estaba en unión personal con el Reino de Inglaterra. Aunque Eduardo recuperó el ducado, este conflicto alivió la presión militar inglesa contra Escocia. Al mismo tiempo, hubo problemas en casa. A mediados de los años 1290, las extensas campañas militares requerían altos niveles de tributación y Eduardo se enfrentó a la oposición tanto laica como eclesiástica. Estas crisis fueron evitadas inicialmente, pero los problemas permanecieron sin resolver. Cuando el rey inglés murió en 1307, dejó a su hijo Eduardo II una guerra en curso con Escocia y varios problemas financieros y políticos.
Para ese tiempo, era un hombre muy alto, de ahí el apodo de «Zanquilargo». Era temperamental, lo que aunado a su altura le convertía en un hombre intimidante y, con frecuencia, infundía miedo en sus contemporáneos. Sin embargo, mantuvo el respeto de sus súbditos por la forma en que encarnaba el ideal medieval de la monarquía, como soldado, administrador y hombre de fe. Los historiadores modernos están divididos en cuanto a la evaluación de Eduardo I: mientras algunos le han elogiado por su contribución al derecho y la administración, otros le han criticado por su actitud intransigente hacia su nobleza. Actualmente, se le atribuyen muchos logros durante su reinado, como la restauración de la autoridad real después del reinado de Enrique III, el establecimiento del Parlamento como institución permanente y, por tanto, también un sistema funcional para aumentar los impuestos y reformar el ordenamiento jurídico mediante estatutos. Al mismo tiempo, también es criticado por otras acciones, como su conducta brutal hacia los escoceses y emitir el Edicto de Expulsión en 1290, por el cual los judíos fueron expulsados de Inglaterra. El edicto permaneció vigente durante el resto de la Edad Media y pasaron más de 350 años hasta que fue formalmente abolido por Oliver Cromwell en 1657.
Primeros años Infancia y matrimonio miniaturadeimagen|izquierda|Letra capital de un manuscrito del que muestra a Eduardo I y su esposa Leonor de Castilla. El artista quizás intentó representar la blefaroptosis de Eduardo I, un rasgo que heredó de su padre Enrique III.Nacido en el antiguo palacio de Westminster en la noche del 17 a 18 de junio de 1239, era el primogénito de Enrique III y Leonor de Provenza. Eduardo (Edward) es un nombre anglosajón y no se solía usar entre la aristocracia de Inglaterra después de la conquista normanda, pero Enrique III se dedicó a la veneración de Eduardo «el Confesor» y decidió nombrar a su hijo primogénito como este santo. Entre sus amigos de la infancia estaba su primo Enrique de Almain, hijo del hermano de Enrique III, Ricardo de Cornualles. Enrique de Almain seguiría siendo un compañero cercano del príncipe, a través de la guerra civil y más tarde durante la cruzada. Eduardo estuvo al cuidado de Hugh Giffard, padre del futuro canciller Godfrey Giffard, hasta que Bartholomew Pecche se hizo cargo después de la muerte de Giffard en 1246.
Había preocupaciones sobre la salud de Eduardo cuando era niño, ya que cayó enfermo en 1246, 1247 y 1251. Sin embargo, se volvió un hombre formidable; con 6 pies 2 pulgadas (1.88 m), se distinguió sobre la mayoría de sus contemporáneos y de ahí tal vez su sobrenombre Longshanks, que significa «piernas largas» o «largas canillas». El historiador Michael Prestwich afirmó que sus «brazos largos le dieron ventaja como espadachín, sus muslos largos como jinete. En la juventud, su cabello rizado era rubio, en su madurez se oscurecía, y en la vejez se volvía blanco. Sus rasgos eran estropeados por un párpado izquierdo caído. Se decía que su discurso, a pesar del sigmatismo, era persuasivo».
En 1254, los temores ingleses de una invasión castellana de la provincia inglesa de Gascuña indujeron al padre de Eduardo a organizar un matrimonio políticamente conveniente entre su hijo de catorce años y Leonor —media hermana de Alfonso X de Castilla— de trece años. Leonor y Eduardo se casaron el 1 de noviembre de 1254 en la abadía de Santa María la Real de Las Huelgas en Castilla. Como parte del acuerdo matrimonial, el joven príncipe recibió concesiones por un valor de 15 000 marcos por año. Aunque las dotes que entregó Enrique III eran considerables, le ofrecían poca independencia a Eduardo. Ya había recibido Gascuña en 1249, pero Simón de Montfort, conde de Leicester, había sido nombrado teniente real el año anterior y, en consecuencia, obtuvo sus ingresos, por lo que en la práctica Eduardo no tenía autoridad ni ingresos de esta provincia. La concesión que recibió en 1254 incluía la mayor parte de Irlanda y varias tierras en Gales e Inglaterra, como el condado de Chester, pero el rey inglés conservaba mucho control sobre los territorios en cuestión, particularmente en Irlanda, por lo que el poder de Eduardo también estaba limitado allí, mientras el rey inglés recibía la mayor parte de los ingresos de esas tierras.
De 1254 a 1257, Eduardo estuvo bajo la influencia de los parientes de su madre, conocidos como los saboyanos, el más notable de los cuales era Pedro II de Saboya, tío de la reina consorte. Después de 1257, Eduardo se involucró cada vez más con la facción pointevina o lusiñana —los hermanastros de su padre Enrique III—, dirigida por hombres como William de Valence. Esta agrupación era significativa, porque los dos bandos de privilegiados extranjeros estaban resentidos por la aristocracia inglesa establecida y estarían en el centro del movimiento de reforma de los barones de los años siguientes. Había historias de conducta indisciplinada y violenta por parte de Eduardo y sus parientes lusiñanos, que plantearon preguntas sobre las cualidades personales del heredero real. Los próximos años serían formativos en su personalidad.
Primeras ambiciones Eduardo había demostrado independencia en asuntos políticos ya en 1255, cuando se alineó con la familia Soler en Gascuña, en el conflicto en curso entre las familias Soler y Colomb. Esto era contrario a la política de mediación de su padre entre las facciones locales. En mayo de 1258, un grupo de magnates redactó un documento para la reforma del gobierno del rey, las llamadas Provisiones de Oxford, dirigidas en gran parte contra los lusiñanos. Eduardo se mantuvo al lado de sus aliados políticos y se opuso firmemente a las Provisiones. Sin embargo, el movimiento reformista tuvo éxito en limitar la influencia de los lusiñanos y poco a poco la actitud de Eduardo comenzó a cambiar. En marzo de 1259, entró en una alianza formal con uno de los principales reformadores, Richard de Clare, conde de Gloucester. Luego, el 15 de octubre de 1259, anunció que apoyaba los propósitos de los barones y su líder, Simón de Montfort.
El motivo detrás de la conversión de Eduardo pudo haber sido eminentemente pragmático; Montfort estaba en una buena posición como para apoyar su causa en Gascuña. Cuando el rey inglés partió a Francia en noviembre, el comportamiento de Eduardo se tornó en verdadera insubordinación. Hizo varios nombramientos para promover la causa de los reformadores e hizo que su padre creyera que él estaba considerando un golpe de Estado. A su regreso de Francia, Enrique III inicialmente rechazó ver a su hijo, pero —mediante la mediación del conde de Cornualles y el arzobispo de Canterbury— ambos finalmente se reconciliaron. Eduardo fue enviado al extranjero y, en noviembre de 1260, se alió nuevamente con los lusiñanos, que habían sido exiliados a Francia.
De vuelta a Inglaterra, a principios de 1262, se peleó con algunos de sus antiguos aliados lusiñanos por asuntos financieros. Al año siguiente, Enrique III lo envió a una campaña en Gales contra Llywelyn ap Gruffydd, con resultados limitados. Al mismo tiempo, Simón de Montfort —quien había estado fuera del país desde 1261— regresó a Inglaterra y reavivó el movimiento de reforma de los barones. En este momento crucial, el rey inglés parecía listo para renunciar a las demandas de los barones, por lo que Eduardo comenzó a tomar el control de la situación. Mientras que hasta ese momento había sido impredecible y equívoco, a partir de aquí permaneció firmemente dedicado a proteger los derechos reales de su padre. Se reunió con algunos de los hombres con los que se había alienado el año anterior —entre ellos su amigo de la infancia, Henry de Almain, y John de Warenne, conde de Surrey— y retomó el castillo de Windsor en manos de los rebeldes. Mediante el arbitraje de Luis IX de Francia, se llegó a un acuerdo entre los dos bandos. El llamado Fallo de Amiens (Mise of Amiens) era en gran medida favorable al lado realista y sentó las bases para un conflicto más grande.
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