El Imperio austríaco, oficialmente Imperio de Austria (; en ortografía del s. , ), fue una gran potencia europea multinacional que existió entre 1804 y 1867, creada por proclamación a partir de los reinos de los Habsburgo. Durante su existencia, fue la tercera monarquía más poblada de Europa, después del Imperio ruso y el Reino Unido, y geográficamente, el tercer imperio más extenso de Europa, después del Imperio ruso y el Primer Imperio francés.
Como denominación oficial de los territorios gobernados por la monarquía de los Habsburgo, el nombre de «Imperio austríaco» data de 1804, cuando Francisco II, el último emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se autoproclamó emperador de Austria como Francisco I, en respuesta a la declaración de Napoleón Bonaparte del Primer Imperio francés, unificando así todas las posesiones de los Habsburgo bajo un gobierno central. Para mantener su título imperial, Francisco elevó a Austria de la categoría de archiducado a la de imperio. El Imperio austríaco permaneció como parte del Sacro Imperio Romano Germánico hasta la disolución de este durante la reorganización napoleónica de Alemania en 1806. El Imperio continuó luchando contra Napoleón durante las guerras napoleónicas, excepto entre 1809 y 1813, cuando Austria se alió inicialmente con Napoleón durante la invasión de Rusia y posteriormente se mantuvo neutral durante las primeras semanas de la Guerra de la Sexta Coalición. Austria y sus aliados salieron victoriosos de la guerra, lo que condujo al Congreso de Viena, que reafirmó al imperio como una de las grandes potencias del .
Tras la caída de Napoleón (1814-1815), Austria volvió a ser la líder de los estados alemanes. No obstante, en 1848, ocurrieron un conjunto de revoluciones contra los Estados en poder de los Habsburgo. En particular, el Reino de Hungría, que había existido como un estado al margen del Sacro Imperio Romano Germánico, se alzó nuevamente durante este periodo durante la llamada Revolución húngara de 1848, que enaltecía el nacionalismo y la independencia de los Estados europeos y que rechazaba al poder austríaco de los Habsburgo. Las revueltas húngaras fueron sofocadas gracias a la intervención del zar ruso, quien acudió en ayuda del emperador austríaco, poniendo nuevamente a la nación húngara bajo el dominio Habsburgo. El fracaso de la revolución desencadenó una serie de ejecuciones de generales y dignatarios húngaros que se habían sublevado contra los austríacos, y el nivel de autonomía del que había gozado el Estado húngaro se vio reemplazado por un gobierno absolutista desde Viena. Esto aumentó el resentimiento contra el dominio de los Habsburgo.
En la década de 1860, el Imperio austríaco se enfrentó a dos serias derrotas: una en la segunda guerra de Independencia italiana, que puso fin a su dominio sobre una amplia porción del norte de Italia (Lombardía y Véneto, Módena y Reggio, Toscana, y Parma y Plasencia), y otra en la guerra austro-prusiana de 1866, en la cual el Imperio fue derrotado junto a Baviera por Prusia, lo que llevó a la disolución de la Confederación Germánica (de la cual el emperador Habsburgo era el presidente hereditario) y a la exclusión de Austria de los asuntos germanos. Estas derrotas impulsaron al emperador Francisco José a reorientar su política hacia el este y a consolidar su heterogéneo imperio, reconociendo la necesidad de llegar a un acuerdo con los húngaros rebeldes. Estos, sin embargo, vieron esto como un momento de debilidad idóneo para sus aspiraciones autonomistas y dignatarios del reino de Hungría enviaron una comitiva que exigía el establecimiento de un parlamento en Hungría, junto a mayor libertad y un marco de autonomía. Consciente de la necesidad de ceder ante Hungría para poder retener su estatus de gran potencia, el gobierno central en Viena accedió a estas negociaciones. El resultado de las negociaciones fue el Compromiso austrohúngaro, concluido el 8 de febrero de 1867, por el que se creó la monarquía dual austrohúngara, poniendo fin efectivamente al Imperio austríaco.
Historia Creación del Imperio austríaco miniaturadeimagen|izquierda|Imperio austriaco en 1812, en plenas guerras napoleónicas, cuando perdió acceso al mar Adriático. 200px|miniaturadeimagen|izquierda|Francisco I de Austria 200px|miniaturadeimagen|izquierda|Entrevista entre el emperador Francisco II y Napoleón tras la batalla de Austerlitz thumb|160px|La Corona Imperial, antigua propiedad de Rodolfo II.
Para el , el Sacro Imperio Romano Germánico era considerado por sus contemporáneos, tanto dentro como fuera del imperio, como una monarquía sumamente «irregular» y «enfermo», con una forma de gobierno inusual. El imperio carecía tanto de un ejército permanente central como de un erario central, y sus monarcas—nominalmente electivos en lugar de hereditarios—, no podían ejercer un control central efectivo, a pesar de lo cual incluso entonces, la mayoría de sus contemporáneos creían que el imperio podía revitalizarse y modernizarse. Sin embargo, a partir de 1792, la Francia revolucionaria estuvo en guerra con varias partes del Sacro Imperio Romano Germánico de manera intermitente. Esto ocurrió a raíz del involucramiento del emperador Leopoldo II, hermano de la reina María Antonieta de Francia. El 27 de agosto de 1791, Leopoldo y el rey Federico Guillermo II de Prusia, en consulta con nobles franceses emigrados, emitieron la Declaración de Pillnitz, que declaraba el interés de los monarcas europeos por el bienestar del rey Luis XVI de Francia y su familia, y amenazaba con consecuencias vagas pero graves si algo les ocurría. Aunque Leopoldo interpretó la Declaración de Pillnitz como un gesto evasivo para aplacar los sentimientos de los monarquistas y nobles franceses, en Francia se consideró una seria amenaza y fue denunciada por los líderes revolucionarios. Francia emitió un ultimátum exigiendo que Leopoldo renunciara a cualquier alianza hostil y retirara sus tropas de la frontera francesa.Lefebvre, Georges (1964). The French Revolution. Vol. II: from 1793 to 1799. Tras una votación de la Asamblea Legislativa liderada por los revolucionarios, Francia declaró la guerra a Austria el 20 de abril de 1792, mientras que Prusia, tras haberse aliado con Austria en febrero, declaró la guerra a Francia en junio de 1792, iniciando la llamada guerra de la Primera Coalición. Aunque las fuerzas de la Primera República Francesa invadieron y ocuparon los Países Bajos austríacos en 1792, el Sacro Imperio Romano Germánico se defendió bastante bien hasta que Prusia abandonó el esfuerzo bélico para centrar su atención en sus territorios polacos, llevándose consigo sus recursos y su poderoso ejército.
Los ejércitos franceses repelieron a los invasores y avanzaron más allá de las fronteras de Francia. Francia estableció la República Bátava como república hermana (mayo de 1795) y obtuvo el reconocimiento prusiano del control francés de la orilla izquierda del Rin mediante el primer Tratado de Basilea. Con el Tratado de Campo Formio, Austria cedió los Países Bajos austriacos a Francia y el norte de Italia se convirtió en varias repúblicas hermanas francesas. Como consecuencia, cambios que moldearon la naturaleza del Imperio tuvieron lugar durante las conferencias de Rastatt (1797-1799) y Ratisbona (1801-1803). El ejército imperial austriaco había sido derrotado por Napoleón Bonaparte en la batalla de Marengo el 14 de junio de 1800 y posteriormente por Jean Victor Moreau en la batalla de Hohenlinden el 3 de diciembre. Forzados a pedir la paz, los Habsburgo firmaron en 1801 el Tratado de Lunéville, que los obligaba a reconocer la independencia y soberanía de las repúblicas Cisalpina, Ligur, Bátava y Helvética, además de ceder a Francia toda la orilla izquierda del Rin, incluyendo los Países Bajos Austriacos, y la Italia imperial. Basado en principios generales delineados en el Tratado de Lunéville, el 24 de marzo de 1803, se declaró el llamado «Receso Imperial» (en alemán: Reichsdeputationshauptschluss), una ley que secularizaba casi 70 estados eclesiásticos y abolía 45 ciudades imperiales para compensar a numerosos príncipes alemanes por territorios al oeste del Rin que habían sido anexados por Francia como resultado de las guerras revolucionarias francesas. Así, el receso redujo considerablemente el número de territorios administrativos de 81 a 3 y de las ciudades imperiales de 51 a 6. Esta medida estaba destinada a sustituir la vieja constitución del Sacro Imperio Romano Germánico, pero la consecuencia real del Receso Imperial fue el fin del Sacro Imperio.
La caída y disolución del Imperio se vio acelerada por la intervención francesa, en septiembre de 1805. El 20 de octubre de 1805, un ejército austríaco encabezado por el general Karl Mack von Leiberich fue derrotado por los ejércitos franceses cerca de la ciudad de Ulm. La victoria francesa resultó en la captura de veinte mil soldados de Austria y de muchos cañones. El ejército de Napoleón obtuvo una nueva victoria en la batalla de Austerlitz, el 2 de diciembre de 1805. A la luz de estos acontecimientos, Francisco se vio obligado a negociar con los franceses del 4 de diciembre al 6 de diciembre de 1805. Estas negociaciones concluyeron con un armisticio el 6 de diciembre de 1805. Ante la asunción por Napoleón del título de «Emperador de los franceses» en 1804 y la derrota austriaca en Austerlitz en 1805, la monarquía de los Habsburgo empezó a plantearse si merecía la pena defender el título imperial y el imperio en su conjunto. Muchos de los estados que nominalmente servían al Sacro Emperador Romano Germánico, como Baden, Württemberg o Baviera, habían desafiado abiertamente la autoridad imperial y se habían puesto del lado de Napoleón. La idea principal tras las acciones de Francisco II en 1806 era sentar las bases necesarias para evitar futuras guerras con Napoleón y Francia. Una de las preocupaciones de la monarquía de los Habsburgo era que Napoleón pudiera aspirar a reclamar el título de Sacro Imperio Romano Germánico. Napoleón se sentía atraído por el legado de Carlomagno, a quien veía como un conquistador franco que había extendido el dominio francés por Europa Central e Italia, algo que Napoleón también aspiraba a lograr. Por ejemplo, se habían hecho réplicas de la corona y la espada de Carlomagno para la coronación de Napoleón como emperador de Francia (aunque no se usaron). Como fuese, con el Sacro Imperio Romano Germánico disuelto, Francisco II podía centrar su atención en el continuo ascenso y prosperidad de su nuevo imperio hereditario, como emperador Francisco I de Austria. Francisco II creó el título de emperador de Austria, y sus sucesores fueron abandonando el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico a partir del 1806.
Las victorias francesas alentaron a gobernantes de ciertos territorios imperiales a hacer valer su independencia formal del Imperio. El 10 de diciembre de 1805, el príncipe elector de Baviera, que era duque, se proclamó rey, seguido por el duque-elector de Wurtemberg, el 11 de diciembre. Finalmente, el 12 de diciembre, al margrave de Baden se le dio el título de Gran Duque. Además, cada uno de estos nuevos países firmó un tratado con Francia y se convirtieron en sus aliados. El Tratado de Presburgo entre Francia y Austria, firmado en Presburgo (hoy Bratislava, Eslovaquia) el 26 de diciembre, amplió el territorio de los aliados alemanes de Napoleón, a costa de la derrotada Austria.
El 12 de julio de 1806, se estableció la Confederación del Rin, que comprendía 16 países. Esta confederación, bajo la influencia francesa, puso fin al Sacro Imperio Romano Germánico. El 6 de agosto de 1806, incluso Francisco tuvo que reconocer el nuevo estado de cosas y proclamó la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico.